Imaginar y vivir

Un día novembrino,
vencido por una luz tenue,
abandono cobijas.
Tras gotas condensadas
veo afuera al árbol desnudo
aruñar el cielo oscuro.
Se acerca tormenta.

Al abrir la ventana,
el sereno me cachetea.
Será día de velas trémulas,
de sumergirse en yerbabuena,
no de volar con café.

Junto a cama,
una callada silla de madera;
en su respaldo,
regalo de alguien que ya no es,
mi refugio contra el frio:
saco de lana fiel,
viejo amigo conocido.

Frotándome los brazos
lo miro en la penumbra:
lana gruesa, firme,
como unas vigas de roble
bajo tejas viejas
que aún me recuerdan.

Al ponérmelo,
en la mañana gris,
reconozco la calma
que en sus laberintos anida.
Su aroma refleja
fogatas y agüepanelas,
magnolios en flor,
manzanas con canela,
librerías
y a quién, hace tanto, lo tejiera.

Recibo su suavidad de siempre,
niebla de páramo,
¡tantos otoños conmigo!
Tantos paseos, hojas secas,
con él a la cintura;
tantos copos de nieve
desvanecidos en sus praderas y abismos.

Senderos de lana virgen,
tierna al tacto:
olla de barro,
llovizna sobre musgo,
agua de manantial que pregunta, susurrando:
¿Cuántas cartas escribimos?
¿A cuántos abrazos sumaste tu caricia?

Y aunque no hay sorpresa alguna,
tu lana teje, al cubrirme,
nuevas profundidades tibias.
En lo familiar nacen
espacios inexplorados,
revelando la distancia insondable
entre imaginar y vivir.