Dialogos entre desconocidos: Dos niños en la ventana

Vuelvo al pueblo tras un paseo por el bosque de abetos, en una soleada tarde de invierno. Empujo el cochecito. El bebé duerme.

La ventana del tercer piso de una casa retirada del camino está abierta; de ella escapa, sobre el aire frío, la mirada curiosa de dos niños. Por aquí no pasa nada; lo observan todo; el vuelo de los cuervos. Sus cabezas reposan en sus manos, sus codos en el alféizar. ¿Cuánto tiempo llevarán ahí?

Levanto el brazo y lo agito en el aire, saludándolos. Se quedan inmóviles. Me miran fijos, como estatuas. Sigo caminando.

Uno de ellos titubea. Su mano se eleva, recorre una distancia corta y vuelve a caer.

Alzo ambos brazos, palmas abiertas, y los agito en el aire.

No hay respuesta.

Sigo empujando y me olvido de los niños. El cochecito va dejando cuatro líneas sobre la nieve fresca, que cruje bajo mis botas. El bebé duerme.

Unos gritos a lo lejos rompen el silencio, al principio sólo un rumor, pero se vuelven insistentes.

–Tschüss!– aullan a todo pulmón.

¡Son los niños en la ventana!

Ya me he alejado bastante; unos pasos más y me habrían perdido de vista tras las cabañas. Ahora sacuden sus brazos frenéticos, como si quisieran volar.

–Tschüss!– respondo, alzando el brazo por última vez, y sigo empujando el cochecito sobre la nieve. El bebé duerme.