Poem: Sardegna
Los rayos del sol se cuelan
tras la cortina florida.
Un
nuevo día comienza.
Sus párpados pronto vuelan:
Marina, sola,
despierta
y abandona su cobija.
Una hermosa buganvília
que abraza con mucho esmero
barandas
curvas de acero,
viejo sendero de hormigas,
entrega flores al
viento.
Cansado de hacer con ellas
remolinos de colores,
el viento
olvida las flores
entre escalones de piedra
y el sol roba sus
rubores.
Besa la brisa marina
cada flor y cada musgo,
las hojas de
todo arbusto,
que un chivo de pelo hirsuto
con sus labios
examina.
Marina, ya en la alacena,
llena una cuchara vieja
de
viscosa miel de abeja
y moja su boca seca.
La miel refresca su
lengua.
Lame el sol de la mañana,
colándose entre las ramas,
al
chivo de labios secos,
maraña de pelos negros,
que se refugia
del cielo
bajo troncos retorcidos,
a la sombra de un
olivo.
Besa el sol de la mañana
las paredes amarillas
de la casa
de Marina,
a las tenaces hormigas
que recorren la
baranda,
y al chivo cuando se asoma.
Marina abre la
ventana
tras disfrutar del aroma
del café recién molido.
Afuera llora a alaridos
el bebé de los vecinos.
Marina sale a la playa
y con su palma arrugada
como la piel
del olivo
acaricia la baranda
por la intemperie curvada
como los cuernos del chivo.
Junto a un faro abandonado
la anciana de pelo blanco
en la
playa se libera
de su blusa y de su falda.
Las deja en la
arena clara
y desnuda al mar se entrega.
El sol le besa las
canas.
La sal le lame la espalda.
La tarde transcurre lenta.
El viento borra las huellas.
Se
avecina una tormenta.
El cielo se parte en truenos.
En mar
brava los veleros
se apresuran a sus puertos.
No será noche de
estrellas.
Marina, ya de regreso,
se sirve un vaso de vino,
un puñado
de aceitunas,
y un buen pedazo de queso.
En el comedor la
anciana
disfruta su vermentino,
bajo la luz de la luna
que ingresa por la ventana.
En la aldea y los cultivos
hacen eco los ladridos:
los
perros de los vecinos
se pasan la noche en vela.
El llanto
fuerte del crío
sin invitación se cuela
entre la ventana
abierta.
Mas Marina no despierta;
Marina, profunda, sueña.
Besa el manto de la luna
el plumaje de una gruya
que posada
sobre rocas
busca peces en las olas.
Abraza la luna llena
las olas sobre la arena.
Su luz anida
en los mares
y en los dos ojos lunares
del chivo en los
olivares.
Los cuernos de los olivos,
la danza de remolinos
de flores
de buganvília,
las arrugas de Marina,
las caravanas de
hormigas,
los largos pelos del chivo
y el vuelo de
golondrinas,
así se escapan los días,
así pasamos la
vida: escribimos, caminamos,
vemos, hablamos y amamos,
cual barcos a la deriva.
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virgen,
tierna al tacto:
olla de barro,
llovizna sobre musgo,
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¿Cuántas cartas escribimos?
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